sábado, 14 de marzo de 2015

Y a la peluquería

domingo, 21 de noviembre de 2004
Guión de un monólogo
Hola, hola, hola. Muy buenas noches, noches, respetable público. Hoy voy a contar una historia verídica, que le pasa a todo el mundo, bueno a todo el mundo, no. Los calvetes, que no me gusta llamarlos así, mejor personas de peinado veraniego o de frente despejada, se libran, ya veréis...

¿Se imaginan ustedes, que van al puesto a por el periódico y le dicen al kiosquero?: - ¿Me da El País?
Y el kiosquero les contesta tajantemente: - Pues mire, no, hoy le voy a dar el Supertele… y este paquete de chicles de menta.
Y se imaginan ustedes, que cogen un taxi y dicen: - Me lleva a la plaza de Los Terceros, por favor.
Y que el taxista les diga: - No, le voy a llevar al estadio Ramón Sánchez-Pizjuán, que a usted le pega ser palangana.

¡Pues eso, amigos, así es una peluquería! Un sitio donde pides una cosa, y el peluquero hace lo que le sale de… las uñas del pie. Vamos, lo que le da la real gana y se queda tan a gusto. Y por esta razón, lo primero que haces cuando sales de la barbería, es buscar un espejo y ponerte los pelánganos a tu manera. Y digo yo, entonces ¿para qué cojones vas a pelarte?

 Yo creo que la peluquería es un sitio del que hay que desconfiar, porque todo te lo hacen por la espalda. Es curioso: engordas, te deprimes, estás celoso, pierde tu equipo de furbo, y en vez de fugarte con Claudia Schiffer, que es lo que deberíamos hacer todos, te vas a la peluquería y le dices al peluquero: - Córteme el pelo por aquí, las patillas me las deja así de largas y finitas y, por supuesto, me afeita todos los pelánganos del pescuezo. Quiero un cambio de imagen radical, más cool, más in...

Y ya lo creo que te cambia la imagen. Te deja como si hubieras metido toa la cabeza en una freidora. Te ves tan horrible, que se te olvida la depresión que tenías, y te agarras otra. O sea, que en la peluquería, no te quitan la depresión, simplemente te la cambian de sitio.

Y de ahí su éxito. En una peluquería, a los cinco minutos, ya te han convertido en un adefesio, para que se te olviden las penas que traías y te encierres un par de días en tu casita sin querer saber que existe algo ahí fuera. Vamos, que si abajo de tu vivienda, hubiera una tienda de peluquines, el propietario, habría hecho el agosto... Cómo haya algún oriental entre el público, mañana ya tenemos varios autoservicios capilares, con pelucas de toos colores y sabores y, por descontao, made in China for ever...

Un modesto consejo les voy a dar. Si te quieres cambiar el look de un plumazo, porque ya eres un metrosexual, ocurre lo siguiente. Te ves sentado enfrente de un espejo, con el babero puesto, como si te fueran a dar un potito, embadurnado, con chorretones de tinte, resbalándote lentamente por la cara colorada, la cabeza envuelta en papel Albal y oliendo a huevo podrío. Y piensas: Sólo falta que me salga un Alien de la tripa, joder...

Estás hecho un espantajo, y es el momento en que el peluquero de turno se aprovecha de ti, para ponerte todavía más potingues. La técnica utilizada es la siguiente: primero, un poco de peloteo:
- Tienes una pestaña preciosa.
- ¿Ah sí? Muchas gracias.
(No tengo nada en contra, eh... Pero, pa mi, que casi todos los barberos, son de personalidad desviada, vamos que les huelen la espalda, un poquito a Varon Dandy).
Y luego te mete la cuña:
- Si, son preciosas, lástima que…
- ¿¿¿Lástima que qué???
- Que tengas el pelo tan pobre y apagado.
- ¿Pobre y apagado? ¡Qué horror! ¿Y qué puedo hacer?
 
Y entonces te la coloca (hey, no le saquéis doble sentio a esto, eh):
- Pues mira, por sólo diecisiete mil pesetas, yo en leuros, todavía no tengo ni puta idea, te voy a poner un tratamiento de colágeno de placenta de foca que verás cómo te quedas.
 
¡¡Diecisiete mil pesetas!! Te dan ganas de decirle: - Oye, ¿y por qué no me estropeas las pestañas, que me saldría más baratito?
 
Pero eres incapaz de negarte. Yo creo que con tanto olor a laca, te pillas un colocón de miedo, y por eso dices a todo que sí: (por supuesto que la laca, es de garrafón, por eso te pillas una resaca de tres pares de cojones).
 
- Te voy a hacer unas mechas.
Y tú, totalmente sumis y complaciente: - Vale.
 
¡Desde luego hay que ver que obsesión tienen todos los peluqueros actuales, con hacerte mechas! Los barberos de antes no eran así. Lo digo por experiencia. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que hombre o una mujer, entre en una peluquería y no salga rubia con mechas. Aunque sea el individuo rubio o rubia, también sale rubio o rubia con mechas. Increíble, pero cierto. Es así e, impepinablemente, hay que asumirlo.

Que esto es otro truco de las peluquerías para hacerte cliente de por vida. Vamos, el típico truco del almendruco. Una vez que te tiñes, ya estás condenado a seguir acudiendo de por vida, para no desteñirte, porque en las peluquerías nada es permanente, ni siquiera la permanente es permanente.

A veces, vas a la peluquería con el recorte de una revista, para que te corten el pelo como a George Cloone. En realidad no quieres el pelo de George Cloone, quieres la cara de George Cloone, el cuerpo de George Cloone, el dinero de George Cloone… y entonces los peluqueros se tienen que buscar la vida, para explicarte que, con esos cuatro pelos cabreados que te quedan, y que además te nacen en la coronilla, es imposible lograr un flequillo espeso, y que lo más que pueden hacerte es el moño de Rappel.

Y lo que les gusta la tijera, oye, como disfrutan los condenaos. Primeramente les dices: - Córtame sólo las puntas... ...que es lo habitual en mi, y a la que te descuidas, tu preciosa melena larga, que te ha costado, ni se sabe tenerla así de larga, se queda en una melenita corta. Mejor muerto que sencillo, pero er furbo es así, unas veces se gana y otras se pierde. A veces se logra un empate. Peor lo tiene el pobre Lopera, que cada vez que se pela parece que le han metio la cabesa en una máquina de hacer algodón en la feria.

Bueno, volviendo a los temas capilares. Lo peor es cuando el peluquero termina contigo y te miras al espejo. Te ves raro, como con cara de asustao, y vuelves a casa escondiéndote en los portales, para que no te vea nadie conocido. Y como necesitas que alguien te diga que te queda bien, le preguntas a tu chuski:
- Cariño, ¿te gusta?
- ¿Qué es lo que me tiene que gustar?
- Pues el pelo, shosho, que va a ser sino, mi careto de cabra. Aunque con estos pelánganos, me parezco a Quique San Francisco.
- Ah, el pelo. Sí, sí, estás muy guapo, gordo… ¿Y cómo lo llevabas antes?
- Pues era skin head, no te jode. ¿Y tú? ¿Cómo llevabas antes el pelo? Antes por lo menos llevabas algo de pelo…

Total, que al final, tanto esfuerzo pa na. Porque ella nunca lo nota… ¿Saben ustedes, lo que pienso hacer la próxima vez que me encuentre un poco depre y me entren ganas de meterme en una peluquería? Pues fugarme con Claudia Schiffer, a ver si de eso se da cuenta mi chuski.

Lo mejor es llevar el look de los hermanos Matamoros, que así te haces respetar un montón, aunque no tengas ninguna credibilidad. Porque llevar el pelillo largo y hacerte una cola de caballo, ya no se lleva. Es decir, que muchos presentes, os debéis de reciclar un poquito, eh...
 
Bueno pecadores, el pescao ya está vendio. Muchas gracias a todos y a todas. Hey, tú, Chiki, mi camerino es el 69, te espero...